Amistades analógicas

Un antiguo compañero de pupitre me explica la diferencia entre ser amigo o seguidor de alguien en Facebook. Le encanta haber descubierto que, con la segunda opción, puede mantener un lazo de amistad, quedar bien porque no tiene que borrar a nadie de la lista de contactos y ahorrarse las publicaciones de las personas que no le interesan en absoluto.

Yo sospechaba que existía algo así, pero no me molesté en buscarlo. Borré la cuenta del Facebook. Estaba un poco cansado de opiniones políticas, de falsas informaciones que generaban debates estériles, de llorones en busca de su alma gemela, de gente que busca empatía y atención, de religión y de pseudociencia, de racistas, de todos los amigos que antes no eran así. No quiero esta realidad social alternativa.

Quiero volver a tener a mis amigos de antes, los analógicos, aquellos que me hacían gracia, que aprovechaban mejor los silencios y que no sentían la obligación de expresar sus sentimientos cada media hora; aquellos con los que debatía, discutía, a los que interrumpía. No quiero hablar por turnos, leer por turnos, incluir a extraños en mis conversaciones privadas, en mis chistes, no me gusta exponerme, no me apetece pensar que algunos de mis amigos son gilipollas, con el aprecio que les tenía…

No lo necesito, prefiero echarlos de menos y alegrame cuando los vea, o escuche, de nuevo.

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