Me he cansado de discutir

Como ya introduje en el post fundacional de este blog, me dedico a escribir sobre fruslerías, lo que se me pasa por la cabeza delante del editor de textos, de modo que me perdonarán que no me lo curre demasiado y aproveche el tema del conflicto catalán para introducir este post.

Vengo de vacaciones a Tenerife catorce días con la intención de relajarme y dormir el máximo de horas posible. Por supuesto que también quedo con mis amigos, de terrazas, de almuerzos, desayunos, cenas y meriendas y, como me conocen y aparentemente tienen cierto respeto por mi opinión política, me preguntan por la independencia de Cataluña. Les dejo que ellos introduzcan la discusión y analizo el terreno, porque quiero descansar. Respondo con vaguedades y me mantengo dentro de una opinión aceptable para la audiencia en cuestión. Entonces me preguntan si estoy hasta las narices del tema.

Yo venía a descansar y el tema me interesa, pero desde lejos; no me apetece el sobreesfuerzo de entrar en discusiones sin más finalidad que hacerme escuchar. Todos tenemos soluciones para todo y todos tenemos razón, así que, ¿para qué discuto? Si estamos de acuerdo, probablemente me sienta mejor, pero, ¿y si no? Yo venía a dormir, a no hacer nada. Y la gente, mis conocidos, mis amigos, quieren contarme lo que piensan o lo que piensan los otros, de verdad que lo están deseando. Sinceramente, me da igual. Solo quiero levantarme dos horas más tarde, echarme la siesta con el ventilador puesto. “Joder, te veo un poco pasota”. Pues sí, yo venía a descansar.

Personas haciendo de animales

Mi novia y yo cumplimos años en diciembre, así que una amiga nos hace un regalo conjunto y nos compra una entrada para un musical en Hamburgo. Una entrada, sí, la otra nos la pagamos nosotros, porque cuestan una pasta y la amiga en cuestión tampoco anda muy sobrada de dinero y, además, quiere acompañarnos, porque le encantó El rey león cuando lo vio por primera vez. Creo que esta es la tercera.

Cruzamos el Elba en un barquito fletado ex profeso y entramos en el abarrotado teatro construido, también, exclusivamente para la obra. Durante dos horas y media vemos el espectáculo a unos cien metros de distancia: los actores cantan y bailan muy bien, el atrezo, los disfraces, la decoración, todo estupendo. Pero termina la función y me siento tan vacío como entré, no me he emocionado en una representación espléndida, muy profesional. Nuestra amiga requiere nuestra opinión y disimulo, en agradecimiento por el regalo.

Llevo años pensando en lo que falla, diciendo que se trata de una obra completamente innecesaria, discutiendo con mis amigos, que no tiene sentido repetir lo mismo, que ni comparación con el original, que el ritmo es diferente, que no me emociono… pero sin saber bien cómo explicarlo. Hasta el otro día, medio durmiéndome, pensando en el blog, cuando me doy cuenta de que lo que me perturba del musical son las personas, que, aun caracterizadas, sobran en una historia de animales que nunca había necesitado a los humanos. Y así, por fin, consigo cerrar el ciclo de esta fruslería, aunque nadie me perdone que no me guste el musical.

Amistades analógicas

Un antiguo compañero de pupitre me explica la diferencia entre ser amigo o seguidor de alguien en Facebook. Le encanta haber descubierto que, con la segunda opción, puede mantener un lazo de amistad, quedar bien porque no tiene que borrar a nadie de la lista de contactos y ahorrarse las publicaciones de las personas que no le interesan en absoluto.

Yo sospechaba que existía algo así, pero no me molesté en buscarlo. Borré la cuenta del Facebook. Estaba un poco cansado de opiniones políticas, de falsas informaciones que generaban debates estériles, de llorones en busca de su alma gemela, de gente que busca empatía y atención, de religión y de pseudociencia, de racistas, de todos los amigos que antes no eran así. No quiero esta realidad social alternativa.

Quiero volver a tener a mis amigos de antes, los analógicos, aquellos que me hacían gracia, que aprovechaban mejor los silencios y que no sentían la obligación de expresar sus sentimientos cada media hora; aquellos con los que debatía, discutía, a los que interrumpía. No quiero hablar por turnos, leer por turnos, incluir a extraños en mis conversaciones privadas, en mis chistes, no me gusta exponerme, no me apetece pensar que algunos de mis amigos son gilipollas, con el aprecio que les tenía…

No lo necesito, prefiero echarlos de menos y alegrame cuando los vea, o escuche, de nuevo.

Tengo razón

Camino por la calle, me siento en el metro, almuerzo en un garito… escucho conversaciones ajenas. Es de mala educación, dicen, pero es que algunos vocean las ideas. A veces tampoco me interesa lo que están contando y me lo tengo que tragar igual, y tampoco me quejo; así que tengo derecho a espiar las tonterías que me apetecen.

Escucho a las personas y me doy cuenta de que todas tiene razón. Se quejan del compañero cabrón, del jefe cabrón, del mundo cruel, de cómo hacen las cosas los muy cabrones, y es evidente que tienen razón. Las otras personas asienten, añaden, replican, pero no demasiado, porque estas personas también tienen razón, aunque no compartan lo que oyen; al fin y al cabo son educadas. Pues claro, igual que yo, que no me estoy enterando de la mitad y aun así no estoy de acuerdo.

Me siento extraño por un segundo y me pregunto si soy tan cretino como ellos o si, por suerte, pertenezco al diez por ciento que no lo es… Pues será lo segundo, de otro modo no tendría razón… Qué va a ser. Tengo razón, sí, no como el tipo de al lado, ese que está sentado en el asiento de enfrente, sí, ese, el idiota que lleva media hora soltando chorradas y no tiene ni puta idea de lo que está diciendo.

Fruslería

La fruslería es una “cosa de poco valor o entidad”, como los blogs, como este blog, como los textos de los blogs, como las cosas que se me pasan a diario por la cabeza.

La primera persona que dijo “fruslería” en mi vida fue Superlópez, o alguno de los otros personajes del cómic. Supongo que no la olvido porque realmente suena a lo que significa, es una palabra del nivel onomatopéyico de “mamarrachada”, que con la repetición aparentemente aleatoria de sonidos devalúa la realidad, “bosta”, que ya suena a mierda desde la primera sílaba, e “imbécil”, que es más ofensiva que “idiota” solo por la fuerza bruta de la “b” y la “m”. Y escribiendo esto, me doy cuenta de que estoy creando una metafruslería, es decir, una fruslería que explica parte de sí misma.

Me imagino a un gran editor leyendo estas tonterías, emocionándose con la genialidad de mi manera de pensar, promocionándome como gran autor y reeditando, tras muchos años de éxitos, el blog en el que todo empezó. El texto “Fruslería”, un primer brillo de la genialidad de un escritor inmortal traducido a veinte idiomas. Y entonces todo dejaría de ser una fruslería y se desvirtuaría el texto, que obtendría una relevancia que nunca había pretendido, por lo que debería revertirse todo el proceso y el Universo me devolvería a donde estoy, sentado en mi habitación, pasando el rato y escribiendo una auténtica fruslería.